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martes, 1 de diciembre de 2015

Como un manifiesto


Fotografía: Miguel Morales

por Roberto del Río

Si algo en el momento presente me causa estupefacción, es una desagradable certidumbre de que la historia no está evolucionando de manera lógica. Hubo un tiempo en que pensábamos que las sombras darían paso a las luces, que tras la opresión vendría la libertad, que las ciencias ocuparían el lugar de las supersticiones. Mucha gente luchó por la apertura de mentes y conciencias, y por la consecución de derechos que habrían de humanizar las relaciones humanas en todos los ámbitos: personal, social o laboral. Había motivos para ser optimistas: una vez que sabes que la Tierra es redonda ya no la ves plana. Abolida la esclavitud, surge el ser humano libre para organizar una convivencia entre iguales. Tal sería una evolución lógica de la historia: el tránsito del pensamiento dominado por el prejuicio a la mentalidad iluminada. Así fue ocurriendo siempre en la historia, a pequeños o grandes pasos, a tragos o a sorbitos, pero siempre hacia delante.
Hubo un tiempo en que creíamos que el futuro era un lugar mejor para vivir. ¿Y quién nos puede culpar? Los hechos nos daban la razón: cualquier mirada hacia el mundo, desde las libertades ciudadanas a las relaciones íntimas, desde los avances científicos al trato que cada cual, a su manera, dispensaba a la divinidad -aunque dicho trato fuese ninguno- nos devolvía un panorama optimista, de apertura y de tolerancia.

Fotografía: Miguel Morales

No está evolucionando la historia como debería, por más que a muchos nos desconcierte este sinsentido. La libertad y solidaridad retroceden cuando, aun con sus titubeos, siempre habían ido hacia delante. En el mundo no se clausuran guerras en beneficio de la concordia, sino al contrario. Parece que en el proceso de aprender de nuestros errores algo se ha torcido. En este punto de la historia, ya bien entrado el siglo XXI, la paz que un día soñamos como fruto de la madurez y la inteligencia de nuestra especie está tan lejos como lo estaba en el paleolítico, si es que no más. Y sin entrar hoy en ciertos fanatismos que ensombrecen a la humanidad como en sus peores tiempos, y en las violencias que se desprenden de ellos, dejadme destacar una de las más vergonzosas y deprimentes: es la violencia que en el seno de la pareja ejerce el más fuerte sobre el más débil. 

Fotografía: Miguel Morales

Entendemos aquí la fuerza y su uso como una mera cuestión muscular. Una denigrante perversión de las capacidades que deberían servir para cuidar y proteger, y no para hacer daño. Nada, pues, de altura moral, resiliencia o empatía. Simple y llana brutalidad al servicio de la posesión, nunca del amor.
Quizá contradiciendo -o no- el espíritu de este blog, no vamos a indagar en busca de las raíces psicológicas del problema. Como todo manifiesto que se precie, quiero mantener un tono crítico y reivindicativo hasta el final. Por eso declaro que el ser humano es libre. Nadie posee a nadie ni tiene derecho a hacerle vivir conforme a sus expectativas. Nadie puede forzar a otra persona a hacer o no hacer ni tomar represalias si no hace o hace. Ninguna persona puede decirle a otra a quién puede ver o no ver y con quién tiene o no que estar. La potestad de procurarnos amistades, compañías o parejas es propia e intransferible, y como tal depende de cada uno mantenerlas o revocarlas sin que nadie pueda entrometerse. Y nadie puede descargar su ira o su frustración en forma de azote movido por primaria energía muscular. 
¿Qué tal si contribuyes, desde tu entorno cercano, a que la historia vuelva a marchar hacia delante? No eres de nadie, nadie es tuyo, pero estás con quien quieres y quien quiere está contigo: hasta que eso cambie, si cambia. No conviertas en violencia tu tristeza por muy mal que vayan las cosas, porque hay mejores opciones, legítimas y sin sufrimiento. Aprende, madura reflexiona o escribe poesía. Cocina, pasea y conoce gente. Anda en bicicleta. Cree en ti, escribe un blog, vive la vida. 

Fotografía: Miguel Morales

martes, 1 de septiembre de 2015

Kilómetro indeterminado

por Roberto del Río


Fotografía: Miguel Morales


¿Cómo se debería plantear la primera idea de un blog que comienza? Después de visitar alguno que otro he llegado a una conclusión: no hay normas establecidas. El clásico “bienvenidos a mi blog”, siendo frecuente ya no lo es tanto, quizá porque ha pasado de moda o se nos rompió la cita de tanto usarla, y perdón por el tópico. Así que empezaré como si me plantase de golpe en la mitad del viaje, contradiciendo a quienes dicen que todo viaje empieza por un primer paso. Naturalmente, cualquiera me puede contradecir también a mí diciendo que lo de creer que he comenzado con carrerilla en mitad de algún punto es una ilusión. Sea como fuere, bienvenidos a este kilómetro indeterminado.


Foto: Miguel Morales
Pretendemos hacer un blog ecléctico: que beba en mil fuentes. Un blog de psicología donde ésta sea un cruce de caminos, suponiendo que pueda dejar de serlo en algún momento. Y por eso se hablará de todo un poco. No por una intención deliberada de apartarnos del campo donde esta página pretende desarrollarse, sino porque al igual que es imposible escabullirse de la política -por mucho que digas “no me gusta”- tampoco se puede uno zafar de la psicología, pues el campo de la psicología es ese del que dicen que no se le puede poner puertas. La psicología está presente hasta en el desayuno que programas, en la longitud del flequillo, si lo llevas, o en su ausencia, en la gestión de cada segundo de tu vida, en el número de sonrisas por unidad de tiempo o en tu respuesta emocional a la lluvia. Lo que decía, de todo un poco y un poco de todo. Así pues, desde este kilómetro indeterminado, saludos a todos y gracias por estar aquí, como decía Miguel Ríos a los hijos del rock and roll en su inolvidable canción Bienvenidos. Hasta muy pronto.